Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
jueves, 29 de marzo de 2012
erotismo en lengua poética
Comparamos la escena de Macunaíma y Sofara con la Maga y Horacio en Rayuela
Macunaíma,
fragmento. (1928) Mario de Andrade
Al
otro día le pidió a Sofará que lo llevara a pasear y se quedaron
en
las matas hasta la boca-de-la-noche. No bien había
tocado
la hojarasca el chamaco y ya estaba convertido en un
príncipe
fogoso. Juguetearon. Después de juguetear tres veces,
corrieron
matorrales fuera, haciéndose fiestas el uno al otro. Después
de
las fiestitas de codearse, hicieron las de cosquillejas, luego
se
enterraron en la arena y hasta se quemaron en llamaradas de
petate,
eso fueron las muchas fiestas. Macunaíma agarró un
tronco
de copayero y se escondió detrás de una pirañera. Cuando
Sofará
vino corriendo, le dio con el palo en la cabeza suya. Le
hizo
una brecha tal que la patoja cayó retorciéndose de risa a
los
pies de él. Lo jaló de una pierna. Macunaíma gemía de gusto
aferrándose
al tronco gigante. Entonces la muchacha le tarascó
el
dedo gordo del pie suyo y se lo tragó. Macunaíma chillando
de
alegría tatuó el cuerpo de ella con la sangre del pie. Después
estiró
los músculos irguiéndose en un trapecio de bejuco y a
base
de saltos alcanzó en un tris la rama más alta de la pirañera.
Sofará
trepaba atrás. El gajo finito se dobló oscilando con el peso
del
príncipe. Cuando la joven llegó también al tope juguetearon
otra
vez columpiándose en el cielo. Después de juguetear, Macunaíma
quiso
hacer una fiesta en Sofará. Empinó todo el cuerpo
con
la violencia de un empujón, pero ya no pudo seguir. La rama
se
tronchó y ambos se desprendieron dando trastumbos hasta
amasijarse
en el suelo. Cuando el héroe dejó de ver estrellitas,
buscó
a la muchacha a su alrededor y ya no estaba. Iba enderezándose
en
su búsqueda, cuando de un gajo bajo, encima suyo,
el
temible bramido del puma perforó el silencio. El héroe se acurrucó
de
miedo y cerró los ojos para ser comido sin ver. Entonces
se
escuchó una risita y Macunaíma se llevó un escupitinajo en
el
pecho. Era la moza. Macunaíma empezó por tirar piedras en
ella
y, cuando la hería, Sofará gritaba de excitación tatuando elcuerpo de abajo con
el chisgueteo de sangre. Al final, una piedra
rajó
la comisura de los labios de ella y le molió tres muelas. Ella
saltó
de la rama y ¡guác! cayó sentada en la barriga del héroe que
la
envolvió con todo el cuerpo aullando de placer. Y juguetearon
otra vez más.
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